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Homilia XII

TEXTO COMPRENDIDO EN LA HOMILÍA:

Cap. 1, v. 14. Y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

EXPOSICIÓN HOMILÉTICA:

I. Introducción, en que hace ver cómo la reprensión pasada procedía del amor.— Propone las palabras de San Juan con la ilación del contexto inmediato, que las precede.— vimos su gloria: no la hubiéramos visto, si El no se hubiera abajado a nosotros.
II. ¿Qué significa gloria como del Unigénito del Padre? El Evangelista nos hace desviar la vista de la gloria de Moisés, Elías, etc., para hacer que la fijemos en el Unigénito del Padre. La palabra como no significa aquí semejanza, sino identidad; “gloria como correspondencia a quien era el Unigénito del Padre”. Comparación popular para explicarlo.
III. Se explica la gloria de Jesucristo. La gloria de Jesucristo se manifestó en los milagros que hizo; en toda la creación, que le obedeció como a Señor; en los hombres, especialmente en el testimonio que de El dieron el Padre y el Espíritu Santo. —Otras maravillas después de este testimonio.
IV. Gloria de Jesucristo en las maravillas obradas en las almas.
V. Gloria de Jesucristo en los padecimientos y muerte de cruz y en los frutos de ella recogidos por la predicación del Evangelio.
VI. Conclusión. Los que sabemos tales enseñanzas de la gloria de Jesucristo, debemos vivir de suerte que veamos la gloria de Jesucristo en la otra vida. De lo contrario, todo es perdido para nosotros. Exhortación.

I

1, 14. Y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Quizá os parecimos ayer más molestos y pesados de lo justo, por haber usado de un modo de hablar más fuerte y habernos extendido en reprender la desidia de muchos. Si lo hubiéramos hecho sólo por causaros dolor, justamente lo llevaría a mal cada uno de vosotros; pero si por mirar a vuestro bien no hicimos caso del agrado de las palabras, aunque no queráis llevar a bien nuestra solicitud, a lo menos debierais perdonar a nuestro amor paternal. Porque en gran manera tememos no sea que mientras nosotros nos esforzamos y vosotros no queréis mostrar la misma diligencia en oír, hayáis de dar cuentas más estrechas. Por esta razón nos vemos continuamente en la necesidad de excitaros y despertaros, a fin de que nada de cuanto decimos se os pase por alto. Así es como podréis vivir ahora con gran libertad de espíritu, y presentaros aquel día con la misma en el tribunal de Cristo.

Ya, pues, que hace poco os reprendimos suficientemente, entre­mos hoy desde el principio a exponer las palabras de la Escritura.

Y vimos, dice, su gloria, gloria como del Unigénito del Padre. Después de haber dicho que llegamos a ser hijos de Dios, y hecho ver que esto no se llevó a cabo sino por haberse el Verbo hecho carne, añade que todavía de aquí se siguió otra ganancia. Y ¿cuál es? Vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre: la cual no la hubiéra­mos visto, si no se hubiera dejado ver por el cuerpo contubernal y semejante al nuestro. Porque si aún el rostro de Moisés, con ser él de nuestra misma naturaleza, no lo pudieron ver glorificado los de su tiempo, antes fue necesario un velo que sombrease la intensidad de la gloria del justo, a fin de que su rostro de profeta se les mostrara blando y apacible, ¿cómo hubiéramos podido nosotros, los de barro y de tierra, aguantar la divinidad sin velo, siendo, como es, inaccesible a las mismas potestades superiores? Por eso puso su habitación entre nosotros, para que pudiéramos acercarnos a El y hablarle y estar con El con grande placer.

II

Y ¿qué significa gloria como del Unigénito del Padre? Como también fueron gloriosos muchos de los Profetas, como el mismo Moisés, como Elías y Eliseo, llevado el uno en carro de fuego y el otro trasladado con muerte ordinaria, y después de ellos fueron glorio­sos Daniel y los tres jóvenes, y otros muchos que hicieron milagros, y los ángeles que aparecieron entre los hombres y descubrieron a la vista de ellos el fúlgido resplandor de su propia naturaleza, y no sólo los ángeles, sino también los querubines y hasta los serafines que se dejaron ver del Profeta con mucha gloria; de ahí que, apartándonos de todo eso el Evangelista y desviando nuestra atención de las criaturas y del resplandor de nuestros consiervos, nos hace fijarnos en la misma cumbre de todos los bienes. Porque no es, dice, la gloria que vimos la de un profeta, ni de un ángel, ni de un arcángel, ni de las potestades superiores, ni de alguna otra criatura, si es que la hay, sino la del mismo Señor, la del mismo Rey, la del mismo real y Unigénito Hijo, la del mismo Dueño de todos nosotros. Y aquella palabra como en este lugar no significa semejante ni comparación, sino afirmación y determinación que no deja lugar a duda; como si dijera: Vimos su gloria, tal como era justo y natural que la tuviera el que era Hijo Unigénito y natural de Dios, Rey del Universo. Y así es costumbre vulgar, pues no he de tener reparo en acreditar mi discurso con el uso ordinario de hablar, ya que en él no trato de atender a lo hermoso de las palabras ni a la armonía de la composición, sino solamente a vuestra utilidad, por donde nada obsta que lo confirme por el uso del vulgo. ¿Y éste cuál es? Cuando ven algunos al Emperador revestido de grande ornato y resplandeciendo por todas partes con piedras pre­ciosas, si cuentan a otras aquella hermosura, aquella elegancia, aque­lla gloria, enumeran cuanto les es dado lo vistoso de la púrpura, la grandeza de las perlas, la blancura de los caballos, el oro del yugo, el estrado radiante de luz; pero cuando, después de enumerar éstas y otras cosas, no pueden con sus palabras poner delante de los ojos todo aquel resplandor al punto añaden: “¿A qué decir más? En una palabra, como Emperador”, no porque con la palabra como quieran dar a entender que aquel de quien hablan sea semejante al Emperador, sino más bien que es realmente el mismo Emperador. Pues del mismo modo el Evangelista puso la palabra como, queriendo mostrar sin comparación la grandeza y sobreexcelencia de la gloria. Porque todos los demás, ángeles, arcángeles, profetas, todo lo hacían mandados, pero El con la potestad propia del Rey y Señor; y esto mismo era lo que admiraban las muchedumbres, cuando las enseñaba como quien tenía potestad.

III

Así que aparecieron, como he dicho, también los ángeles en la tierra con mucha gloria, como a Daniel, a David, a Moisés; pero todo lo hacían como quienes eran siervos y tenían señor; más El, como Señor y Dueño de todas las cosas, y eso aunque estuviera en forma vil y humilde; pero aún así, la creación reconoció a su Señor. ¿Cómo? Una estrella desde el cielo llamó a los Magos para que le adorasen; grande muchedumbre de ángeles, derramándose por todas partes, anun­ciaba a su Señor y le cantaba himnos, y brotaron de repente otros pregoneros que, saliéndose al encuentro unos de otros, evangelizaban este indecible misterio: a los pastores, los ángeles, y a los de la ciu­dad, los pastores; Gabriel a María y a Isabel; y a los que estaban en el templo, Ana y Simeón. Y no sólo los varones y las mujeres llegaron al colmo de la alegría, sino que aún el niño que todavía no había salido a luz, el habitador del desierto, del mismo nombre que nuestro Evangelista, saltó de regocijo dentro del seno de su madre; y en fin, todos estaban elevados sobre la tierra con las esperanzas de lo venide­ro. Y esto acontecía hacia el tiempo de su nacimiento; pero cuando se descubrió ya más, aparecieron a su vez otras maravillas mayores que las primeras. Porque ya no era una estrella, ni el cielo, ni ángeles y arcángeles, ni Gabriel y Miguel, sino el mismo Padre el que le anun­ciaba desde los cielos, y con el Padre el Paráclito, volando a El con sonido de palabras y permaneciendo sobre El. Con verdad dijo por esta razón: Vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre. Y no sólo por esta razón, sino también por las cosas que después se siguieron. Puesto que ya no nos le anuncian solamente los pastores y las viudas y los ancianos, sino la misma naturaleza de las cosas, clamando con una voz más penetrante que ninguna trompeta y con tan grande clamor, que aún desde aquí escuchamos con facilidad su soni­do. Llegó, dice (la Escritura), su fama hasta la Siria (Matth., IV, 24), y se lo reveló a todos: todas las criaturas por doquiera clamaban que estaba ya presente el Rey de los cielos. Los demonios escapaban y huían por todas partes, Satanás se retiraba avergonzado, la misma muerte retrocedió entretanto, y después fue completamente destruida; y quedaba deshecha toda clase de enfermedades, y los monumentos dejaban libres a los muertos, y los demonios a los furiosos, y las enfermedades a los enfermos; y se presentaban a los ojos cosas increí­bles y estupendas, y tales que con razón desearon verlas los Profetas y no las vieron. Porque era de ver cómo se formaban los ojos y cómo Dios mostraba a todos en breve, llevado a cabo en una parte más excelente del cuerpo, lo que todos deseaban ver, a saber cómo del barro había modelado a Adán, cómo miembros relajados y separados de los demás se unían y se trataban con ellos, manos muertas que se movían, pies paralíticos que de repente saltaban, oídos cerrados que se abrían y lengua que sonaba con grandes voces habiendo estado ligada por la mudez. Porque a la manera de un excelente arquitecto, al reparar la naturaleza humana, que era como casa carcomida por el tiempo, las partes ya quebradas las resarció, las desunidas y relajadas las trabó y vigorizó, las completamente perdidas las restituyó por entero.

IV

Y ¿qué decir de la reconstitución del alma, mucho más maravillosa que la de los cuerpos? Gran cosa en verdad la salud de los cuerpos, pero mucho mayor la de las almas, y tanto más, cuanto el alma se aventaja al cuerpo; y no sólo por esta razón, sino también porque la naturaleza de los cuerpos sigue la dirección que le señale el Criador, y nada hay que se oponga; pero el alma, como árbitra de sí misma y con potestad sobre lo que ha de hacer, no obedece a Dios en todo, si no quiere. Porque Dios no quiere, obligada con violencia y contra su voluntad, hacerla hermosa y virtuosa, toda vez que esto ya no es vir­tud: antes conviene persuadirla a que se haga tal por voluntad y de buena gana: por donde esta curación es más difícil que la del cuerpo. Pero con todo, aún esto se llevó a cabo, y se desterró todo género de maldad. Y así como a los cuerpos que curaba no sólo les daba la salud, sino que les comunicaba el más perfecto bienestar, así también a las almas no sólo las libró de lo más extremo de la maldad, sino que la remontó a la misma cumbre de la virtud; y el publicano se convirtió en apóstol, y el perseguidor y blasfemo y ultrajador mostróse a todos predicador de toda la tierra, y los magos llegaron a ser maestros de los judíos, y el ladrón apareció hecho ciudadano del paraíso, y la fornicaria resplandeció por la grandeza de su fe, y la samaritana, fornicaria también, tomó a su cargo la predicación a los de su misma tribu, y cogió en la red a toda la ciudad y se la presentó al Cristo; y la cananea, por su fe y asiduidad, logró que fuera lanzado de su hija un espíritu’ malvado. Y otros todavía mucho peores que éstos fueron al punto contados en la lista de los discípulos. Y todo se transformaba de repente, los padecimientos de los cuerpos, las enfermedades de las almas, y se modelaban conforme a lo que pedía la sanidad y la virtud más acabada; y no dos, tres, diez, veinte o ciento solamente, sino ciudades enteras y naciones se convertían al bien con suma facilidad. ¿Y que se puede decir de la sabiduría de los preceptos, de la fuerza de las leyes celestiales, del buen orden de una vida propia de ángeles? Tal fue la vida que nos metió, tales las leyes que nos puso, tal la norma que estableció, que los que las tienen llegan en seguida a ser ángeles y semejantes a Dios en cuanto al hombre es dado, por más que antes hayan sido los peores de todos los hombres.

V

Reuniendo, pues, el Evangelista todas estas maravillas obradas en los cuerpos, en las almas, en los elementos, y además los preceptos, aquellos dones inefables más sublimes que los cielos, las leyes, la institución de vida, la obediencia, las promesas venideras, los padeci­mientos que había de sufrir; emitió esta voz admirable y llena de celestiales enseñanzas: Vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Porque no solamente le admi­ramos por sus maravillas, sino también por sus padecimientos: como porque fue clavado en la cruz y porque fue azotado, porque fue abofe­teado, porque fue escupido, porque en sus mejillas recibió golpes de parte de los favorecidos por él. Ya que justo es que se aplique la misma palabra aún a aquellas cosas que parecen ignominiosas, toda vez que el las llamó gloria. Porque estos mismos sucesos no sólo eran obras de su solicitud y caridad, sino también de potestad indecible. Entonces, en efecto, se aniquilaba la muerte, y se deshacía la maldi­ción, y se cubrían de oprobio los demonios, y eran llevados en públi­co expuestos a la ignominia, y se enclavaba en la cruz la escritura de nuestros pecados. Y ya que estas maravillas se obraban invisiblemen­te, obráronse visiblemente también otras, que demostraban que real-mente era el Unigénito Hijo de Dios y señor de toda la creación. Y así, cuando todavía estaba colgado su santo cuerpo, el sol retiró sus rayos, retembló la tierra y quedó cubierta de sombra, y abriéronse los sepulcros, y el suelo dio sacudidas, y salió afuera una multitud innu­merable de muertos y entró en la ciudad: y cuando ya las piedras del sepulcro de el estaban ajustadas en sus huecos, y todavía se veían encima los sellos, resucitó el muerto, el crucificado, el enclavado, y llenando de gran potestad (o de invencible y divina potestad) a los once discípulos, enviólos a los hombres de toda la tierra para que fueran médicos de toda la naturaleza, y enderezaran la vida de los hombres, y sembraran por todas partes el conocimiento de las ense­ñanzas del cielo, y deshicieran la tiranía de los demonios, y enseñaran los bienes grandes e inefables, y nos evangelizaran la inmortalidad del alma, y la vida eterna del cuerpo (después de la resurrección), y los premios que excedan a todo pensamiento y nunca se han de terminar. Habiendo, pues, este santo (Evangelista) pensado estas y otras mu­chas cosas que él sabía, pero no podía escribir, porque no cabrían en el mundo (ya que si todo se escribiese en particular, dice, creo que ni aún en el mundo podrían caber los libros que habrían de escribirse) (Joan., XXI, 25); habiendo, digo, tenido en cuenta todas estas cosas, clamó diciendo: Vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Pa­dre, lleno de gracia y de verdad.

VI

Así, pues, los que han sido tenidos por dignos de ver tales maravi­llas y de oír tales enseñanzas, los que han gozado de tan grande beneficio, justo es que muestren una vida digna de tales enseñanzas, de suerte que lleguen a gozar de los bienes de la venidera. Porque para este fin vino Nuestro Señor Jesucristo, para que no sólo viéramos su gloria de aquí ‘, sino también su gloria venidera. Por esta razón dijo: Quiero que donde yo estoy estén también éstos, para que vean mi gloria (Joan., XVII, 24). Y si esta gloria fue tan ilustre y espléndi­da, ¿qué se podrá decir de aquella? Porque no aparecerá en tierra corruptible, ni estando nosotros en cuerpos deleznables, sino en aque­lla creación incorruptible e inmortal, y con tan grande resplandor, que no hay palabras para describirlo. ¡Oh, felices, y tres veces y mil veces felices, los que serán tenidos por dignos de ser espectadores de aque­lla gloria! De ella dice el Profeta: Sea apartado el impío, para que no vea la gloria del Señor (Isaías, XXVI, 10) (1). ¡Que nadie de nosotros sea apartado, ni excluido jamás para no ser espectador! Que si no hubiéramos de gozar de ella, justo sería que también nosotros dijése ­ mos: Bien nos estuviera no haber nacido. Si no, ¿por qué vivimos? ¿por qué respiramos? ¿por qué somos, si no hemos de alcanzar aque­lla vista, si nadie nos ha de conceder jamás ver a Nuestro Señor? Porque si los que no ven la luz solar sufren una vida más acerba que cualquiera muerte, ¿qué deberán padecer los privados de aquella luz? Pues en esta vida el daño para en esto solamente, mas no así en la otra; por más que, aun cuando en solo ello consistiera el mal, ni aun así sería igual el daño, antes tanto más terrible, cuando aquel sol es sin comparación mejor que éste; pero todavía hay que aguardar otro suplicio. Porque el que no vea aquella luz, no sólo debe ser lanzado a las tinieblas, sino arder por siempre, y consumirse, y rechinar los dientes, y sufrir otros innumerables males. No nos despreciemos a nosotros mismos, de suerte que por una breve negligencia y descuido caigamos en el suplico sempiterno, antes estemos despiertos, vigile­mos, no dejemos de emplear medio alguno a fin de obtener aquella dicha y alejarnos del río de fuego que con grande fragor se arrastra delante del terrible tribunal. Porque quien una vez cae en él, preciso es que allí quede por siempre, y nadie habrá que le salve, ni padre, ni madre, ni hermano. Y esto dicen aun los Profetas con sus clamores: el uno cuando dice: No redime un hermano, ¿redimirá un hombre? (Ps. XLVIII, 8); y Ezequiel todavía dio a entender más, cuando dijo: Si se presentaren Noé y Job y Daniel, no librarán a sus propios hijos e hijas (Ezech., XIV, 14, 16). Porque allí sólo vale un patrocinio, el de las obras, y quien de ellas esté desprovisto, imposible que por otro título se salve.

Revolvamos, pues, estas ideas continuamente, y recapacitemos sobre ellas, y purifiquemos la vida y hagámosla ilustre, de manera que veamos con plena confianza al Señor y obtengamos los bienes prome­tidos, por gracia y benignidad de Nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea el Padre la gloria, juntamente con el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.



(1): En el texto griego

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